Por: Biólogo Ronald Navarrete – Asesor externo en Naturaleza de Cemdes
En un mundo donde el cambio climático acapara titulares, hay una crisis silenciosa que amenaza no solo a nuestro planeta, sino también a la estabilidad económica y financiera: la pérdida de biodiversidad. Imaginen un ecosistema donde la desaparición de una abeja polinizadora pone en jaque cosechas enteras, o donde la deforestación acelera inundaciones que paralizan industrias. No es ciencia ficción; es la realidad que enfrentamos, y los científicos ya han encendido las alarmas. Según informes recientes, como el del Grupo de Estudio Conjunto NGFS-INSPIRE, la biodiversidad no es solo un tema ambiental: es un pilar fundamental para la economía global, valorado en decenas de billones de dólares al año en servicios como la producción de alimentos, medicamentos y regulación climática (Constanza et al 2014). Pero, ¿qué pasa cuando las empresas ignoran este tesoro? Los resultados de investigaciones pioneras muestran que el riesgo es real y puede golpear donde más duele: en el bolsillo de inversores y accionistas.
La biodiversidad, definida como la variedad de vida en genes, especies y ecosistemas, es el motor invisible de muchas industrias. Piensen en la agricultura, que depende de polinizadores para el 75% de los cultivos mundiales, o en la farmacéutica, donde el 70% de los medicamentos contra el cáncer provienen de compuestos naturales. Documentos como el estudio de Giglio et al. (2023) y el de Garel et al. (2023) revelan que empresas en sectores como la energía, alimentos y farmacéuticas son las más expuestas. Estas industrias enfrentan «riesgos físicos» —como la escasez de recursos por extinción de especies— y «riesgos de transición» —como regulaciones estrictas para combatir la deforestación o la contaminación. Un ejemplo claro: la industria energética, con sus actividades de extracción, puede devastar hábitats, generando multas y pérdidas reputacionales que, según los científicos, ya se refleja en precios de acciones más volátiles.
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